8/14/2019

Tagore y el espíritu oriental en la poesía

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Por poco fundamentada que parezca la idea del paralelismo entre la vida humana  individual y la colectiva, se ha de reconocer que son muchos quienes recurrieron a ella para pensar la manifestación histórica del espíritu a través de distintos pueblos y que, con semejante explicación, llegaron a conclusiones satisfactorias. Para Hegel, por ejemplo, el mundo oriental corresponde a la infancia, cuyo punto de inicio se encuentra en la China imperial, cuando la subjetividad abstracta, fundida aún con el objeto de deseo, se muestra como capricho o ferocidad y, apegándose todavía a la cosa, conoce por intuición. En el caso de la India, esa determinación inmediata de lo externo se vuelve interior y entonces la realidad se idealiza gracias a la imaginación. En verdad, la exaltación de lo imaginado constituye una forma de negar el mundo, de modo que lo que antes era la unidad originaria se aparece aquí como un “dios en el vértigo de su ensueño”. Y esto significa que el espíritu figura un panteísmo en el que las entidades finitas de la naturaleza son sacralizadas, pero no el sujeto, cuyos productos se revelan como simples quimeras. De ahí que el yo termine por sacrificarse en el Nirvana ante el principio único, lo divino, que –rigurosamente considerado- es la nada misma. Desde la perspectiva universal, semejante “delirio del espíritu ilimitado” constituye un paso necesario en el proceso de diferenciación. Su manifestación estética se da originariamente en la poesía, ya que es el género literario que recoge más fielmente esa subjetividad que resultaría tan difícil de plasmar en otras artes. No hay duda de que, precisamente, eso fue lo que sucedió en la India. Los primeros textos, los Vedas, consistían en formas poéticas religiosas, que, con el correr del tiempo, se espiritualizaron, por ejemplo, en las Upanishads o en el Mahabhárata, especialmente el Bhagavad Gita, para derivar en una mística, sostenida por la idea de que el Señor del Universo se manifiesta una y otra vez en forma humana sobre este planeta, transmigrando de cuerpo en cuerpo con el propósito de liberar a sus devotos de las miserias del mundo ilusorio de los sentidos y desvincularlos de las limitaciones del ego, basadas en experiencias externas, meramente materiales. Como dice Hegel, esta poesía, que había alcanzado la perfección interior más acabada, permaneció encerrada en su ensimismamiento espiritual, “estacionaria e inmóvil”, como si se tratase de un ideal insuperable. Pero también quedó aislada porque casi no se tradujo a otras lenguas. La consecuencia es que en Occidente hoy desconocemos la lírica posterior a aquellos textos milenarios. 





Tagore y Victoria Ocamp.jpg


La excepción se encuentra, por supuesto, en la poesía del bengalí Rabindranath Tagore, quien consiguió salir del aislamiento gracias a su bilingüismo y a la concesión del premio Nobel en 1913. Ingresó en el ámbito hispanohablante mediante las talentosas versiones de sus libros, vertidos libremente del inglés al español por Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez. Es más, durante el trabajo conjunto iniciado con La luna nueva y El jardinero, la pareja se enamoró. Igual que Paolo y Francesca –los amantes condenados en el infierno dantesco–, la poesía creó entre ellos un lazo erótico fundado en una verdadera intimidad espiritual. Desde luego, esto da la medida del poder del poeta para despertar la sensibilidad y transmitir el vínculo de amor que reúne a todo lo existente, con el cual logrará también inspirar la lírica posterior de Juan Ramón. El episodio podría describirse certeramente con las palabras del propio Tagore en La cosecha: 
Cuando tú vivías solo, no te conocías. Ninguna llamada, ningún mensaje llevaba el viento de una a otra orilla. Vine yo, y te despertaste, y los cielos florecieron con su luz.
Con larga barba blanca, ampulosa vestimenta, porte altivo y modales aristocráticos, heredados de una familia principesca, Tagore parecía inabordable a pesar de su dulzura y mansedumbre. A primera vista, la mirada convencional de Occidente lo percibía como un pasivo místico oriental, pero fue un activista polifacético: filósofo, reformador social, músico y prolífico escritor en distintos géneros: unos mil poemas, más de dos mil canciones, multitud de cuentos, novelas, cartas, obras de teatro y ensayos. Dedicado finalmente a la pintura y la pedagogía, fundó con sus propios medios económicos el centro educativo experimental de Santiniketan, una “morada de paz” y meditación, que terminó por convertirse en Universidad. También instituyó una organización cultural de protección a la mujer, desde donde combatió ciertas costumbres atávicas de la India, como los matrimonios infantiles, la condena de las viudas al ostracismo o a la quema y la intocabilidad de la casta inferior. Por otra parte, su actitud silenciosa y reposada no le impidió recorrermedio mundo derrochando su palabra y su magnetismo personal. Y así, logró la incorporación definitiva a la cultura hispana gracias al interés que despertó en Victoria Ocampo, la literata argentina que, transcurrido el tiempo, crearía la influyente revista Sur. Fue cuando Tagore llegó a Buenos Aires de paso hacia Perú, se encontró enfermo y no pudo continuar el viaje. Ella, que conocía su poemario Gitanjali y había intentado difundirlo, lo cobijó durante dos meses en Miralrío, la quinta de su prima, no muy lejos de la villa familiar de San Isidro. A pesar de su notable diferencia de edad –casi treinta años mediaban entre ellos– tuvieron una profunda y duradera relación afectiva, reflejada en la amplia obra escrita por ambos. Después del encuentro, Tagore publicó Purabi (“el Este en género femenino”), un libro sobre el amor, donde aparecen varios poemas dedicados a Victoria:

Parece que una vez ella fue mi estrella de la mañana,
que estaba detrás de la niebla de mi atardecer de hoy.
Navegó sin ser vista a través de las densas horas del día
para encontrarme al borde de la noche.
En la mañana sus canciones conmovieron mi sangre
con la atracción del camino.
En la tarde su silencio me habla
de lo que no conozco…

Cartero Tagore ALianza.jpg 

La proyección internacional le llegó a Tagore después de alcanzar la fama en su propio país, donde era admirado como un líder intelectual, a quien Mahatma Gandhi llamó “el gran centinela de la India”. Su contacto con el exterior se produjo al realizar estudios en Inglaterra y le sirvió para descubrir el desprecio del colonialismo ante su cultura, considerada salvaje y primitiva. Esto lo llevó a cuestionar la idea de civilización procedente de una Europa en la que el capitalismo industrial campaba a sus anchas y contrastar la espiritualidad de la India con el materialismo occidental. A resultas de aquel encontronazo, durante su primera etapa literaria el poeta se esforzó por rescatar y enaltecer las costumbres así como los valores artísticos, filosóficos o religiosos de su pueblo, destacando sus aportaciones a la historia mundial en una línea crítica que tiene puntos en común con la recuperación de España realizada por la Generación del 98. De hecho, Tagore dio impulso a un movimiento cultural de finales del siglo XIX conocido hoy con el nombre de “Renacimiento hindú”. No obstante, pronto se distanció del nacionalismo indio porque implicaba “la construcción de una nación según el modelo europeo”. El Estado Nación era para él “una maquinaria de comercio y de política que produce fardos de humanidad pulcramente comprimidos” y, por eso, trató de superar dicha parcelación de la espiritualidad colectiva –similar a la del ego en el plano individual-, adhiriendo a un cosmopolitismo “asiático”, es decir, contrario al materialismo. Paradójicamente, fueron dos países de su propio continente (China y Japón) los que se opusieron con mayor beligerancia a tales ideas. Es cierto que, a pesar de semejantes convicciones, aceptó el premio Nobel y el título de caballero del imperio británico, si bien, tras la masacre de Jallianwala Bagh, devolvió la última condecoración en señal de protesta. En cambio, compartió con Gandhi la llamada a la no violencia sin llegar a embarcarse en el proceso independentista, porque -según dijo- “no hay más que una historia: la del hombre, y todas las historias nacionales no son sino capítulos de la mayor”. En contra de su declaración o quizás incluso a favor de ella, dos de sus canciones se convirtieron en los himnos nacionales de Bangladesh e India.
La rehabilitación de las tradiciones vernáculas no le impidió crear formas literarias y estilos musicales originales hasta inducir una auténtica renovación. Hoy se recuerdan sus peculiares composiciones como clásicos dentro de la música bengalí y el estilo inventado por él se denomina “Rabindra” en su honor. El trasfondo de su poesía, en cambio, enraíza en el hinduismo de sus ancestros, cribado con una auténtica veneración por la naturaleza y la recuperación de la cotidianidad campesina. Sin duda, el tema central de su obra se encuentra en el amor, porque –para Tagore– éste “es el significado ultimado de todo lo que nos rodea; no, un simple sentimiento, sino la verdad, la alegría que está en el origen de toda creación”. Se trata de un amor sencillo y generoso, exento de dobleces o exigencias, centrado en la pura actualidad de la acción que se goza a sí misma y lo inunda todo impulsando cualquier acto creador:
No hay misterio en este amor más allá del presente
ni anhelo de alcanzar lo imposible
ni sombras tras el encanto
ni hay búsquedas en el abismo en la penumbra.
Este amor entre tú y yo
es tan simple como una canción.
Las palabras no nos sumen en el silencio eterno,
no elevamos las manos al vacío por cosas
que están más allá de la esperanza.
Únicamente dar y recibir…
Hemos estrujado la alegría al máximo
para extraerle el vino del dolor…
Este amor entre tú y yo
es tan simple como una canción.
Un amor, construido desde la humildad de quien trasciende su propio yo para admitir al otro de corazón, con sus virtudes y sus defectos, sin juzgar ni intentar cambiarlo, dejándolo ser tal como es. De ahí que no busque impresionar ni apabullar y privilegie las virtudes del silencio, la contemplación, la escucha, el acogimiento e, incluso, la timidez, en una erótica sublimada, donde lo espiritual se vivencia en continuidad con lo corporal:
No guardes sólo para ti el secreto de tu corazón,
amiga mía, dímelo, sólo a mí, en secreto.
Susúrrame tu secreto, tú que tienes unas sonrisa tan dulce;
mis oídos no lo oirán, sólo mi corazón.
La noche es profunda, la casa está silenciosa,
los nidos de los pájaros están envueltos por el sueño.
A través de tus lágrimas vacilantes,
a través de tus temerosas sonrisa,
a través de tu dulce vergüenza y tu tristeza,
dime el secreto de tu corazón.
Debido a su falta de imposiciones, este amor gratuito, que relativiza y consiente, permite descubrir el lugar cósmico de cada uno, resultando liberador:
El hombre en su esencia no debe ser esclavo, ni de sí mismo, ni de los otros, sino un amante. Su único fin está en el amor.
Por eso, sólo puede darse en situación de paridad, entre seres igualmente libres:
Tienen sed de amor, pero no pueden volar ala con ala.
Se miran a través de los barrotes de la jaula, pero su deseo es inútil.
Aletean y cantan: ‘Acércate más, amor mío’.
El pájaro libre grita: ‘No puedo, las puertas cerradas de tu jaula me dan
miedo’.
‘Ay, dice el cautivo, mis alas no tienen fuerza, han muerto’.

Llama eterna para Raúl Gómez Jattin
Descripción: jose_luis_diazgranados


Por José Luis Díaz-Granados*

 
Vuelvo los ojos treinta años atrás y en un relámpago de tiempo veo a Raúl Gómez Jattín muy joven — todos teníamos 20 años — con los ojos árabes, la sonrisa radiante y un bigote de espadachín, con dos o tres tratados de derecho bajo el ala.
 Era entonces actor y abogado en cierne el futuro cantor de los amaneceres del Sinú. Nos reuníamos casi a diario con Álvaro Miranda, Augusto Pinilla y Juan Gustavo Cobo Borda, entre otros, en la cafetería del Externado de Colombia en el barrio Santa Fe, a conversar de lo divino y lo humano, especialmente de Gabo, del “boom” de la novela latinoamericana, de Belle de Jour y de la belleza glacial de Catherine Denueve, del Che, de Angola y Los Beatles.
 Raúl era el primer actor del grupo de teatro del Externado y preparaba una encarnación escénica del mundo fabuloso de Macondo, bajo la dirección de Carlos José Reyes. En octubre de 1967 se abrió el telón del Teatro Colón, al que no le cabía un alma y apareció el exuberante árabe-costeño en el papel de Aureliano Buendía junto a Tania Mendoza como la Mamá Grande, César Amaya como Aurelio Escovar, dentista sin título y Rafael Araújo Gámez como el alcalde del pueblo. Al final fue la apoteosis: Gabo floreció en un palco aplaudiendo entre tímido y entusiasmado.
 En la casa de los padres de Carlos José Reyes festejamos hasta el amanecer. El centro de atención se lo disputaban el fabulista de Macondo y Raúl, siempre feliz, con el atuendo de los hombres libres.
 Los años siguientes los dedicó Gómez Jattin a exorcizar su febril sensibilidad a través de la palabra. Embriagado de luces y hechizos escribió versos duros, sencillos, soberbios. Caminó por la vida dejando huellas de fuego. En algún momento se sintió expulsado del Paraíso y fue al mismo tiempo Nerval, “Lelián” y Artaud. Amó su Caribe fluvial y marítimo hasta el flagelo. De ello son testigos de excepción Carlos Villalba Bustillo y Edgar Rey Sinning.
 Delirante, incisivo, tierno, pirómano, nudista, escribió varios libros que lo consagraron en vida: Poesía, Retratos,Tríptico cereteano. En uno de ellos, dijo:
 
Los habitantes de la aldea / dicen que soy un hombre / despreciable y peligroso…/ Eso ha hecho de mí / la poesía y el amor. / Señores habitantes / Tranquilos / que sólo a mí / suelo hacer daño...
 
Lo vi en La Habana hace dos años absolutamente radiante. Abrió tremendos ojos, sonrió con el alma y abrió sus alas cálidas cuando me descubrió entre el montón de viajeros que se dirigía a Bogotá. Parecía un hombre completamente nuevo. Pero no. Su enfermedad de genio era incurable, diría Javier Arias. Hace dos días seguramente se acordó de Atila Joszef y alunizó bajo las ruedas de una máquina azul. Ya antes había escrito con patético rigor:
 
En este cuerpo / en el cual la vida ya anochece / Vivo yo.


 (TODAMOR  DE CONFABULACION, REVISTA DE CIRCULACIÒN VIERTUAL. )


1/22/2019

Mujeres Poetas de la I Guerra Mundial

VERSOS RESCATADOS:

Relegadas a un segundo plano pero determinantes en esa época de conflicto, El Desvelo Ediciones reúne en Nada tan amargo seis voces poéticas de mujer que forman parte de una generación olvidada que se enfrentó al horror de la Primera Guerra Mundial con su ejemplo y sus escritos.


POR ANDRÉS SEOANE | 

May Wedderburn Cannan (tercera por la derecha) junto a varias compañeras enfermeras durante la Primera Guerra Mundial



Pero nunca se nos ocurriría pensar que al mismo tiempo y surgidas del mismo clima y las mismas vivencias, toda una generación de mujeres dejaba constancia en su obra de todo lo que pensaba, sentía y temía. Aquellas mujeres que se quedaron mayoritariamente en segunda línea preguntándose qué sería de sus vidas y de las de sus hijos. Porque como es sabido, las mujeres desempeñaron un importante papel durante la contienda, ocupadas además de en el frente, en cubrir los vacíos puestos de trabajo dejados por los hombres, y sus vidas se vieron también irrevocablemente alteradas para siempre. Pero ¿dónde están esas voces? ¿Existieron mujeres poetas de la guerra?

A esta pregunta responde la antología Nada tan amargo (El Desvelo), que con el fin de dinamitar el evidente desinterés hacia estas autoras británicas que ha perdurado durante todo el siglo XX reúne aquí, en edición bilingüe a cargo de la traductora y antóloga Eva Gallud, los poemas escritos por seis de estas mujeres: Vera Brittain, Rose Macaulay, S. Gertrude Ford, Jessie Pope, Margaret Sackville y May Wedderburn Cannan. Sus versos, surgidos de experiencias personales, conforman un muestrario de estados de ánimo que abarcan desde la pena, la repulsión, el horror o el odio hasta el amor o la compasión. Éstas son sus voces.

Quizá la más famosa de todas estas mujeres poetas sea Vera Brittain (1893-1970). Escritora y periodista de profundas convicciones feministas y pacifistas, estudió Literatura inglesa en el Somerville College de Oxford, pero abandonó temporalmente sus estudios para trabajar como enfermera del Destacamento de Ayuda Voluntaria (VAD) durante la Primera Guerra Mundial, experiencia que le llevaría a escribir poemas como "Quizás", dedicado al soldado R.A.L., muerto a causa de sus heridas en Francia:




Quizá algún día el sol vuelva a brillar

y veré que el cielo sigue siendo azul,
y sentiré una vez más que no vivo en vano
aunque sea despojada de ti.

[...]
Pero aunque el amable Tiempo renueve ciertos gozos
el más grande de ellos no sentiré de nuevo
pues mi corazón se quebró
hace largo tiempo al perderte.

Vera Brittain en su uniforme del VAD en 1915


Su gran éxito de ventas, Testament of Youth de 1933, llevada al cine en 2014 con Alicia Vikander como protagonista, relata sus experiencias durante el conflicto y el comienzo de su evolución hacia el pacifismo, e inicia una trilogía autobiográfica que completaría con Testament of Friendship y Testament of Experience. En 1937 se unió a la Peace Pledge Union y su activismo pacifista pasó a un primer plano durante la Segunda Guerra Mundial, formando parte del Servicio Civil de Defensa.

En el mismo Destacamento de Ayuda Voluntaria sirvió también durante la guerra la poeta y novelista May Wedderburn Cannan (1893-1973), que también participó en tareas para el Servicio de Inteligencia. Tras el conflicto, trabajó durante algunos años para la Oxford University Press y fue ayudante de biblioteca en el Athenaeum Club de Londres. Cannan publicó tres volúmenes de poesía durante y después de la guerra: In War Time (1917), The Splendid Days (1919) y The House of Hope (1923), y en 1934 escribió la novela The Lonely Generation. Aunque nunca dejó de escribir mantuvo durante años un silencio editorial que rompió al final de su vida con la autobiografía Grey Ghosts and Voices (1976).

Especialmente conocidos en esos años de comienzos de siglo, fueron los versos de la poeta, escritora y periodista Jessie Pope (1868-1941), que publicó durante la Gran Guerra multitud de poemas patrióticos de motivación, que vieron la luz originalmente en The Daily Mail. En la memoria popular pervivió largos años el estribillo de "Marchando hacia Alemania":


Durante la contienda, Pope llegó a publicar tres volúmenes de poemas: Jessie Pope's War Poems (1915), More War Poems (1915) and Simple Rhymes for Stirring Times (1916) y después del conflicto, continuó escribiendo: una novela corta, libros para niños y poemas, muchos de los cuales continuaron la temática bélica reflexionando sobre la guerra y sus secuelas.

Rose Macaulay en 1925


De entre esta selección que propone Nada tan amargo, destaca a nivel literario Rose Macaulay (1889-1958), hija de G. C. Macaulay, erudito y profesor de Cambridge, llegó a estudiar en Oxford, pero pasó casi toda su infancia en Italia. Prominente escritora, poeta y ensayista, ganó varios premios literarios importantes, publicó más de 26 novelas además de numerosos ensayos, y perteneció al grupo de Bloomsbury junto a Virginia Woolf. Activa feminista desde joven, durante la Primera Guerra Mundial, Macaulay trabajó en el departamento de propaganda británico después de un tiempo como enfermera y, más tarde, en la Oficina de Guerra. Posteriormente fue nombrada Dama Comandante de la Orden del Imperio Británico (DBE) el 31 de diciembre de 1957.

En muchos de sus poemas reflexionaba sobre la dispar suerte de ambos sexos, muy crítica con el papel secundario que todavía ostentaba la mujer en una sociedad con ecos de la época victoriana. Así lo hace en el final de "Lo que muchas hermanas les dicen a sus hermanos", donde escribe:

Oh, eres tú el afortunado, allá entre sangre y mugre:
naciste bajo la buena estrella.
Todo lo que soñamos, tú y yo, puedes ir y hacerlo de verdad,
y yo no puedo, tal y como están las cosas.
Estás sentado en una trinchera, mientras yo estoy tejiendo
un inútil calcetín que nunca se acaba.
Bueno, es la suerte, querido; y tú la tienes, no hay miedo;
pero para mí... una guerra es poco divertida.


Una de las consecuencias de la guerra fue elinminar paulatinamente las barreras sociales todavía muy rígidas antes del conflicto. Representante en esta antología del estamento nobiliario es Margaret Sackville (1881-1963), hija menor de Reginald Windsor Sackville, séptimo conde de Warr y prima segunda de la conocida escritora y biógrafa Vita Sackville-West. Comenzó a escribir poesía a edad temprana y publicó sus poemas en numerosísimas publicaciones periódicas, entre ellas The English Review y The Spectator.

Lady Margaret Sackville retratada por el pintor George Henry


También fue la primera presidenta de la Poetry Society, fundada en 1912 e ingresaría más tarde en la Royal Academy of Literature de Edimburgo. Al estallar la Primera Guerra Mundial, se unió al grupo de presión antibelicista Unión de Control Democrático, y en 1916 publicó The Pageant of War una antología de sus poemas sobre el conflicto donde renegaba de la guerra interpelando a los combatientes por sus motivaciones, como hace en los primeros versos del poema "¿Quo vaditis?".

"¿Adónde vais,
pálida fila de hombres rotos?"
¿Cómo saberlo?
A morir. Si pudiéramos morir dos veces, moriríamos de nuevo.


Cierra este sexteto de poetas recuperadas la también periodista y sufragista S. Gertrude Ford, apasionada feminista que trabajó sin descanso por la causa femenina en todos los frente imaginables. Sus poemas aparecieron en resvistas como Poetry y Poetry Review, y su primer libro de versos, Sung by the Way, se publicó en 1905. Posteriormente escribió varios volúmenes de poesía patriótica durante la Primera Guerra Mundial: Poems of War and Peace (1915), A Crown of Amaranth (con Erskine Macdonald, 1915), Our Heroes (1916) y A Fight to a Finish (1917). En sus versos destaca la preocupación por los sentimientos de la mujer, en especial las familiares de los soldados y muy en concreto, las madres, a quienes dedica bellos versos en poemas como "El corazón de una madre":

¿Acaso vacilaron o les dolió
este séptuplo golpe?
No era más que el corazón de una mujer
lo que tomaron y rompieron.





Vera Mary Brittain

Quizás

(A R.A.L. Muerto a causa de sus heridas en Francia, 23 de diciembre de 1915)

Quizá algún día el sol vuelva a brillar
y veré que el cielo sigue siendo azul,
y sentiré una vez más que no vivo en vano
aunque sea despojada de ti.

Quizá los prados dorados a mis pies
harán agradables las horas de sol primaveral
y me parecerán dulces las blancas flores de mayo
aunque te hayas ido.

Quizá los bosques de estío resplandezcan,
las rosas rojas sean hermosas de nuevo
y una delicia los otoñales campos de cosecha,
aunque tú no estés aquí.

Quizá algún día no me encoja de dolor
al ver pasar el año que termina
y escuche de nuevo villancicos
aunque tú no puedas oírlos.

Pero aunque el amable Tiempo renueve ciertos gozos
el más grande de ellos no sentiré de nuevo
pues mi corazón se quebró
hace largo tiempo al perderte.

Primer Hospital General de Londres, febrero de 1916.


May Wedderburn Cannan

París, 11 de noviembre de 1918

Por los bulevares pasaba la multitud
los gritos y los cantos se apagaron
y en el silencio elevamos nuestros brindis,
los corazones levantados hacia el momento, el Día:
-el Rey, el Ejército, la Marina, los Aliados,
Inglaterra, la Victoria-.
Entonces te volviste a mí con voz baja
(las mesas eran un zumbido festivo)
"Tengo un brindis para los dos", dijiste
y susurraste: "Por los ausentes" y bebimos
por nuestros muertos no olvidados.
Pero vi al Amor pasar los años solo,
y cuando bebí, las lágrimas habían salado el vino.


Jessie Pope

Chicas de la guerra

Está la chica que pica tu billete de tren
y la que dirige el ascensor de piso en piso,
está la chica que reparte leche bajo la lluvia,
y la que trae los pedidos hasta tu puerta.
Fuertes, sensatas, preparadas,
están ahí fuera para mostrar su valor
y hacer su trabajo con energía y destreza.
Ya no están enjauladas o encerradas,
van a seguir tirando del carro
hasta que los chicos de caqui regresen marchando.

Está la chica que conduce un gran camión,
está la carnicera que te trae tu pieza de carne,
está la chica que grita "¡Billetes, por favor!" como un hombre
y la que silba a un taxi por la calle.
Bajo cada uniforme
late un blando y amable corazón,
aunque no les falta astucia de madre sagaz.
Pero es esta una solemne declaración:
no tienen tiempo para el amor y los besos
hasta que los chicos de caqui regresen marchando.


Rose Macaulay

Lo que muchas hermanas les dicen a sus hermanos

Cuando hacíamos batallas (en la Navidad lluviosa)
con soldados repartidos en tropas por el suelo,
disparaba tan directo como tú, mis derrotas fueron
tantas como mis victorias, o más.
Y cuando en batalla naval, en medio del ruido del cañón,
las flotas se encontraban en la bañera,
mis cruceros eran tan delgados, mis acorazados tan sombríos,
mis submarinos recortaban raudos el camino.
O, cuando llovía demasiado tiempo, y la fuerza del fuerte
surgía e irrumpía con golpes,
yo estaba tan en forma y tan dispuesta, mis puños golpeaban limpiamente,
tu ojo morado hacía juego con mi nariz sangrante.
¿Hubo alguna riña o estratagema en la que tú, el chico,
pudiera mejorarme? No escalabas más alto,
ni montabas más recto, ni corrías tan rápido (y fumar te hacía vomitar)
...Pero yo estoy aquí sentada y tú bajo el fuego enemigo.

Oh, eres tú el afortunado, allá entre sangre y mugre:
naciste bajo la buena estrella.

Todo lo que soñamos, tú y yo, puedes ir y hacerlo de verdad,
y yo no puedo, tal y como están las cosas.
Estás sentado en una trinchera, mientras yo estoy tejiendo
un inútil calcetín que nunca se acaba.
Bueno, es la suerte, querido; y tú la tienes, no hay miedo;
pero para mí... una guerra es poco divertida.


Margaret Sackville

¿Quo vaditis?

"¿Adónde vais,
pálida fila de hombres rotos?"
¿Cómo saberlo?
A morir. Si pudiéramos morir dos veces, moriríamos de nuevo.

"¿Por qué?" La llamada
de una voz extraña, ¿era de muerte o nacimiento?
Vinieron a nosotros,
a todos nosotros, los hombres de toda la tierra.

"¿Y con qué fin?"
No preguntamos, pero vemos
la misma luz que se enciende en nuestro amigo
brillar en el rostro de nuestro adversario.

"¡La misma luz, la misma maldición!
¿Y con qué propósito?" Yacemos
en lo profundo de un mismo útero,
los muertos, los muertos juntos en un solo sueño.


S. Gertrude Ford

El corazón de una madre

No era más que el corazón de una madre
atrapado entre las ruedas de la refriega:
los señores de la guerra supieron, desde el principio,
que las ruedas llegarían lejos.

Sabían que molerían y aplastarían;
lo sabían, pero ¿qué les importaba?
Los señores de la guerra tienen medios para acallar
lo que dicen sus mujeres.

Así que los muchachos se fueron, ni maldijeron
esto que los reyes habían hecho:
siete valientes muchachos, al principio.
Ahora, ni uno.

¿Cuánto tiempo lloró la madre?
Frenética, ella murió a su vez.
¿Y entonces qué? "Las mujeres valen poco"
dijeron los señores de la guerra.

¿Acaso vacilaron o les dolió
este séptuplo golpe?
No era más que el corazón de una mujer
lo que tomaron y rompieron.
 
 

Proyecciones De Escritoras Suicidas


Una enloquecida aventura interior, montaje ideado y dirigido por Sheyla Niño, revive en el Kamikaze a Anne Sexton, Storni, Violeta Parra, Woolf, Pizarnik y Sylvia Plath. Juntas en un psiquiátrico encontrarán por fin su liberación.


POR ALBERTO OJEDA

Aldana Herrera Möller en una enloquecida aventura interior. Foto: Nacho Laseca


El suicidio suele orlar la trayectoria de un artista con una mística trágica pero atractiva. Esa fuga radical suscita el morbo, la curiosidad y, acaso, la identificación. Pero según Sheyla Niño, impulsora e ‘ideóloga' de la dramaturgia de Una enloquecida aventura interior, que se estrena el próximo miércoles 26 en el Teatro Kamikaze, también en esta coyuntura las mujeres han sido relegadas a una posición secundaria. “La obra de Pavese, Mishima, John Kennedy Toole, entre otros, no se ha visto empañada por su muerte o al menos no se ha convertido en el hecho más relevante”, afirma a El Cultural. Algo que a su juicio sí ha ocurrido con las escritoras que revive en su obra: Violeta Parra, Alejandra Pizarnik, Sylvia Plath, Alfonsina Storni, Anne Sexton y Virginia Woolf. “Los artículos sobre ellas suelen estar más enfocados a buscar la poesía en su suicidio que en detenerse a leer la literatura que dejaron escrita”.


La obra de Pavese, Mishima y John Kennedy Toole no se empañó por su suicidio. La de ellas sí", dice Sheyla Niño:
La puesta en escena es diáfana hasta el extremo. Hay solo un sillón y las ventanas del ambigú del teatro evidencian el encierro. Es un espacio anclado en rutinas inanes que van transformando a sus moradoras en amebas carentes de voluntad. Pero al compartir sus vivencias desencadenan la catarsis y la redención. “Van manifestando pinceladas de su vida, ya que viajamos del presente-real a un mundo paralelo, ya sea pasado, imaginado o anhelado. A medida que se van ‘desnudando', van entendiendo lo que tienen que ver las unas con otras y realizan un viaje desde la anulación, desde la pérdida de la identidad, hasta la liberación de ser ellas mismas y volver a crear”.



La maternidad, el sexo y la creatividad artística son los temas capitales de esta vindicación escénica. “Hay algo fundamental: lo brillantes que son todas y, a la vez, lo poco que se las lee a algunas”. Niño se refiere sobre todo a Sexton, Storni (“más conocida por la canción de Mercedes Sosa que por su propia obra”) y Violeta Parra (“se la conoce como cantante pero muchos creen incluso que Gracias a la vida es una composición de su hermano Nicanor”). En su montaje las recluye en una especie de institución psiquiátrica, una decisión que alude, claro, a los trastornos mentales que padecieron muchas de ellas. Tratados, por cierto, con métodos agresivos y pedestres. Y también al aislamiento que el entorno social de su época procuró a su hipersensibilidad. Aplicaron un cordón sanitario contra su ‘locura'. 











8/29/2018

Al traste con esa mala imagen de los neandertales


Oda al neandertal que llevamos dentro

La convivencia entre el Homo Sapiens y los Neandertales es el objeto de análisis de José Manuel Sánchez Ron. "Poseían rasgos culturales parecidos y mantuvieron relaciones sexuales fértiles", explica el académico, que se basa en los estudios más recientes de Svante Päabo y su equipo.


POR JOSÉ MANUEL SÁNCHEZ RON 

Familia neandertal. Del libro Mi primer libro de la Prehistoria (Espasa), de J. L. Arsuaga y Sonia Cabello

La historia de la evolución humana, de cómo llegamos a ser la especie que somos y con qué otras especies ahora extintas estamos emparentados, es fascinante y extremadamente compleja. Para desentrañarla dependemos en primer lugar del análisis morfológico -y ahora también del genético- de los fósiles de esas especies ancestrales que pudieron existir (y éstos no abundan) que, en general, aparecen de forma fragmentaria. El árbol genealógico del que somos una rama está resultando ser muy frondoso; además, muchas ramas distan de mostrarse nítidamente separadas unas de otras. Un punto de divergencia particularmente importante tuvo lugar cuando nuestros ancestros se separaron de chimpancés y bonobos, algo que se estima sucedió en África hace entre ocho y cinco millones de años. A la rama que nació entonces, ya bípeda, se le suele denominar “homininos” y no se sabe realmente cuál fue la especie que inauguró el grupo. Menos dudas ofrece la pertenencia a él de los australopitecinos, que surgieron hace 3 o 4 millones de años, aunque todavía poseían algunos rasgos de los chimpancés (como la capacidad craneal y la morfología dental).

El género Homo, el linaje al que pertenecemos, apareció probablemente hace entre 1,8 y 2,3 millones de años y entre sus características figura que se alimentaban en parte de carne (los australopitecinos eran básicamente vegetarianos) y que poseían un cerebro de mayor tamaño. La aparición de este rasgo se vio favorecida por el consumo de carne, un alimento con mucho más contenido energético (proteínas y grasas) que los vegetales, ya que nuestro cerebro es el órgano que más aporte energético necesita: le corresponde entre el 2 y el 3 % del peso corporal de un humano, pero consume en torno al 20 % de la energía total que necesitamos (la energía media que utiliza el cerebro de los mamíferos es del 5 %, y de los chimpancés el 13 %).

En ese sutil rompecabezas de piezas muy diversas que es el género homo, también intervino la habilidad de utilizar herramientas, con las que actuaban bien como carroñeros de los restos que dejaban otros animales más fuertes o, más tarde, como cazadores. Las variaciones que ha experimentado el clima terrestre, con bajadas y subidas notables de temperaturas y, subsiguientemente, notables variaciones en el nivel de los océanos, constituye otro elemento esencial a la hora de reconstruir la historia de nuestros ancestros. Es bien sabido, por ejemplo, que la disminución de la extensión de los bosques africanos en los que vivían, bien adaptados, nuestros simiescos ancestros protohumanos, y la subsiguiente aparición de extensas zonas de sabanas, favoreció la aparición y desarrollo de especies bípedas, que al caminar erguidas podían desplazarse y otear el horizonte mejor.

Una de las especies del género homo que apareció antes que la nuestra, homo sapiens, es la de los famosos neandertales, cuyos primeros restos fósiles -un cráneo y algunos huesos- se encontraron en 1856 en una pequeña cueva de una cantera del valle alemán de Neander, a unos diez kilómetros al este de Düsseldorf (el nombre, neandertal, proviene de que el sufijo ‘tal' es ‘valle' en alemán). Recuerdo perfectamente que durante mucho tiempo se consideraba a los neandertales seres primitivos, que vivían en Europa y Asia occidental como bestias y con los que los homo sapiens -seguramente los responsables de su extinción, hace aproximadamente 30.000 años -no teníamos nada que ver, aunque hubiésemos tenido un ancestro común (posiblemente fue hace entre 400.000 y 300.000 años cuando neandertales y sapiens tomaron caminos evolutivos diferentes).

El progreso de la ciencia ha dado al traste con esa mala imagen de los neandertales, sobre todo la ciencia genómica -estrictamente la paleogenómica- que, con justicia se ha visto recompensada recientemente con el Premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica 2018, adjudicada al sueco Svante Päabo, director del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva de Leipzig, “por haber desarrollado métodos precisos para el estudio del ADN antiguo que han permitido la recuperación y el análisis del genoma de especies desaparecidas hace cientos de miles de años”.

El resultado más conocido de las investigaciones de Päabo ha sido, precisamente, la secuenciación del genoma de los neandertales, una tarea extremadamente difícil, que él mismo explicó en un magnífico libro -aunque en muchas partes, algo técnico- que Alianza Editorial publicó en 2015: El hombre de Neandertal. En busca de genomas perdidos. Y lo que encontró - y publicó con sus colaboradores en 2010- es que el genoma de los humanos actuales contiene en torno al 2 % (hoy se estima que puede llegar el 4 %) de genes de neandertales; de hecho, y como no todos los humanos conservan los mismos fragmentos genéticos de neandertales, si se reúne un grupo numeroso de humanos, es posible encontrar en el conjunto entre el 35 y el 70 % del genoma neandertal. En otras palabras, neandertales y homo sapiens mantuvieron relaciones sexuales fértiles.

Hallazgos paleontológicos han mostrado, asimismo, que los neandertales poseían rasgos culturales parecidos a los de los sapiens ancestrales, como son la utilización de utensilios o de adornos corporales. Incluso parece que eran capaces de hablar; al menos así se deduce del hecho -lo sabemos, de nuevo, gracias a la genómica- de que compartimos con ellos el gen FOXP2, que está relacionado con el lenguaje (también compartimos genes que controlan el olfato, la visión, el sistema inmune y la contracción muscular). Es, en este sentido, bastante desafortunado que para la versión en español del libro de Sang-Hee Lee y Shin-Young Yoon que Debate acaba publicar, se haya elegido el título, de tintes despectivos, ¡No seas neandertal!, cuando su título original es Close Encounters with Humankind (Encuentros estrechos con la humanidad). Desafortunado por demás ya que su contenido (es un libro interesante y accesible) desmiente rotundamente semejante título. (La bibliografía “neandertaliana” en español es, por cierto, abundante. Recomiendo Palabras en el tiempo, de uno de los mejores especialistas españoles en paleogenómica, Carles Lalueza-Fox, y El sueño del neandertal, de Clive Finlayson, ambos publicados por Crítica.)

Saber todo esto refuerza la (saludable) lección que nos enseñó Charles Darwin, en este caso en lo que se refiere a los homininos: formamos parte de un gran entramado biológico. Parece que poseemos habilidades que otras ramas bípedas no tuvieron, pero al menos estamos emparentados con una de ellas(seguramente lo estaremos con más). Que tomen nota los racistas, xenófobos y compañía, de viejo o nuevo cuño.
 



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