8/14/2019

Cioran -El parásito de los poetas

Emil Cioran - El parásito de los poetas

I. No puede haber desenlace para la vida de un poeta. Todo lo que no ha emprendido, todos los instantes alimentados con lo inaccesible, le dan su poder. ¿Experimenta el inconveniente de existir? Entonces su facultad de expresión se reafirma, su aliento se dilata.
Una biografía solo es legítima si hace evidente la elasticidad de un destino, la suma de variantes que comporta. Pero el poeta sigue una línea de fatalidad cuyo rigor nada flexibiliza. La vida les toca en suerte a los filisteos; y para suplir lo que no han tenido se han inventado las biografías de los poetas...
La poesía expresa la esencia de lo que no podríamos poseer; su significación última: la imposibilidad de toda "actualidad". La alegría no es un sentimiento poético. (Proviene, sin embargo, de un sector del universo lírico donde el azar reúne, en un mismo haz, las llamas y las estupideces.) ¿Se ha visto alguna vez un canto de esperanza que no inspirase una sensación de malestar, incluso de repulsión? Y ¿cómo cantar una presencia cuando incluso lo posible está manchado por una sombra de vulgaridad? Entre la poesía y la esperanza, la incompatibilidad es completa; de este modo el poeta es víctima de una ardiente descomposición. ¿Quién se atrevería a preguntarle como ha experimentado la vida, cuando ha vivido gracias a la muerte? Cuando sucumbe a la tentación, pertenece a la comedia... Pero si, por el contrario, de sus llagas brotan llamaradas, y canta a la felicidad - esa incandescencia voluptuosa de la desdicha - se sustrae al matiz de vulgaridad inherente a todo acento positivo. Es Hölderlin refugiándose en una Grecia soñada y transfigurando el amor en embriagueces más puras, en las de la irrealidad...
El poeta sería un tránsfuga odioso de la realidad si en su huida no llevase consigo su desdicha. Al contrario del místico o el sabio, no sabría escapar a sí mismo ni evadirse del centro de su propia obsesión: incluso sus éxtasis son incurables, y signos premonitorios de desastres. Inepto para salvarse, para él todo es posible, salvo su vida...

II. En esto reconozco a un verdadero poeta: frecuentándole, viviendo largo tiempo en la intimidad de su obra, algo se modifica en mí: no tanto mis inclinaciones o mis gustos como mi propia sangre, como si una dolencia sutil se hubiera introducido en ella para alterar su curso, su espesor, su calidad. Valéry o Stefan George nos dejan allí donde les abordamos, o nos vuelven más exigentes en el plano formal del espíritu: son genios de los que no sentimos necesidad, solo son artistas. Pero un Shelley, pero un Baudelaire, pero un Rilke intervienen en lo más profundo de nuestro organismo, que se los apropia como lo haría con su vicio. En su proximidad, un cuerpo se fortifica, y luego se ablanda y se desagrega. Pues el poeta es un agente de destrucción, un virus, una enfermedad disfrazada y el peligro más grave, aunque maravillosamente impreciso, para nuestros glóbulos rojos. ¿Vivir en su territorio? Es sentir adelgazarse la sangre, es soñar un paraíso de la anemia, y oír, en las venas, el fluir de las lágrimas...

III. Mientras que el verso lo permite todo, y en él podéis verter lagrimas, vergüenzas, éxtasis y sobre todo quejas, la prosa os prohíbe expansionaros o lamentaros: repugna a su abstracción convencional. Exige otras verdades controlables, deducidas, mesuradas. Pero, ¿y si se robasen las de la poesía, si se saquease su tema, y si uno se atreviese a tanto como los poetas? ¿Por qué no insinuar en el discurso nuestras indecencias, nuestras humillaciones, nuestras muecas y nuestros suspiros? ¿Por qué no estar descompuesto, podrido, ser cadáver, ángel o Satán en el lenguaje de lo vulgar, y traicionar patéticamente tantos aéreos y siniestros vuelos? Mucho mejor que en la escuela de los filósofos, es en la de los poetas en la que se aprende el valor de la inteligencia y la audacia de ser uno mismo. Sus "afirmaciones" hacen palidecer los apotegmas más extrañamente impertinentes de los antiguos sofistas. Nadie las adopta: ¿hubo jamás un solo pensador que fuese tan lejos como Baudelaire o que se atreviese a transformar en sistema una fulguración de Lear o un monologo de Hamlet? Quizá Nietzsche antes de su fin, pero, ay, se obstinaba aún en sus estribillos de profeta... Buscaremos del lado de los santos? Ciertos frenesíes de Teresa de Ávila o Ángeles de Foligno... Pero se encuentra demasiado a menudo a Dios, ese sinsentido consolador que, apuntando su valor disminuye su calidad. Pasearse sin convicciones y solo no es propio de un hombre, ni siquiera de un santo; a veces, sin embargo, lo es de un poeta...

Imagino a un pensador exclamando en un movimiento de orgullo: "Me gustaría que un poeta se fabricase un destino con mis pensamientos!". Pero para que su aspiración fuese legítima, haría falta que él mismo frecuentase largo tiempo a los poetas, que sacase de ellos delicias de maldición, y que les devolviese, abstracta y acabada, la imagen de sus propias caídas o de sus propios delirios; haría falta sobretodo que sucumbiese en el umbral del canto, e, himno vivo más allá de la inspiración, que conociese el pesar de no ser poeta, de no estar iniciado en la "ciencia de las lágrimas", en los azotes del corazón, en las orgías formales, en las inmortalidades del instante...
...Muchas veces he soñado con un monstruo melancólico y erudito, versado en todos los idiomas, íntimo de todos los versos y de todas las almas, y que errase por el mundo para nutrirse de venenos, de fervores, de éxtasis, a través de las Persias, las Chinas, las Indias muertas, y las Europas moribundas, muchas veces he soñado con un amigo de los poetas que los hubiese conocido a todos por desesperación de no ser de los suyos.

(En Breviario de podredumbre)

Tagore y el espíritu oriental en la poesía

Por

 
Por poco fundamentada que parezca la idea del paralelismo entre la vida humana  individual y la colectiva, se ha de reconocer que son muchos quienes recurrieron a ella para pensar la manifestación histórica del espíritu a través de distintos pueblos y que, con semejante explicación, llegaron a conclusiones satisfactorias. Para Hegel, por ejemplo, el mundo oriental corresponde a la infancia, cuyo punto de inicio se encuentra en la China imperial, cuando la subjetividad abstracta, fundida aún con el objeto de deseo, se muestra como capricho o ferocidad y, apegándose todavía a la cosa, conoce por intuición. En el caso de la India, esa determinación inmediata de lo externo se vuelve interior y entonces la realidad se idealiza gracias a la imaginación. En verdad, la exaltación de lo imaginado constituye una forma de negar el mundo, de modo que lo que antes era la unidad originaria se aparece aquí como un “dios en el vértigo de su ensueño”. Y esto significa que el espíritu figura un panteísmo en el que las entidades finitas de la naturaleza son sacralizadas, pero no el sujeto, cuyos productos se revelan como simples quimeras. De ahí que el yo termine por sacrificarse en el Nirvana ante el principio único, lo divino, que –rigurosamente considerado- es la nada misma. Desde la perspectiva universal, semejante “delirio del espíritu ilimitado” constituye un paso necesario en el proceso de diferenciación. Su manifestación estética se da originariamente en la poesía, ya que es el género literario que recoge más fielmente esa subjetividad que resultaría tan difícil de plasmar en otras artes. No hay duda de que, precisamente, eso fue lo que sucedió en la India. Los primeros textos, los Vedas, consistían en formas poéticas religiosas, que, con el correr del tiempo, se espiritualizaron, por ejemplo, en las Upanishads o en el Mahabhárata, especialmente el Bhagavad Gita, para derivar en una mística, sostenida por la idea de que el Señor del Universo se manifiesta una y otra vez en forma humana sobre este planeta, transmigrando de cuerpo en cuerpo con el propósito de liberar a sus devotos de las miserias del mundo ilusorio de los sentidos y desvincularlos de las limitaciones del ego, basadas en experiencias externas, meramente materiales. Como dice Hegel, esta poesía, que había alcanzado la perfección interior más acabada, permaneció encerrada en su ensimismamiento espiritual, “estacionaria e inmóvil”, como si se tratase de un ideal insuperable. Pero también quedó aislada porque casi no se tradujo a otras lenguas. La consecuencia es que en Occidente hoy desconocemos la lírica posterior a aquellos textos milenarios. 





Tagore y Victoria Ocamp.jpg


La excepción se encuentra, por supuesto, en la poesía del bengalí Rabindranath Tagore, quien consiguió salir del aislamiento gracias a su bilingüismo y a la concesión del premio Nobel en 1913. Ingresó en el ámbito hispanohablante mediante las talentosas versiones de sus libros, vertidos libremente del inglés al español por Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez. Es más, durante el trabajo conjunto iniciado con La luna nueva El jardinero, la pareja se enamoró. Igual que Paolo y Francesca –los amantes condenados en el infierno dantesco–, la poesía creó entre ellos un lazo erótico fundado en una verdadera intimidad espiritual. Desde luego, esto da la medida del poder del poeta para despertar la sensibilidad y transmitir el vínculo de amor que reúne a todo lo existente, con el cual logrará también inspirar la lírica posterior de Juan Ramón. El episodio podría describirse certeramente con las palabras del propio Tagore en La cosecha: 
Cuando tú vivías solo, no te conocías. Ninguna llamada, ningún mensaje llevaba el viento de una a otra orilla. Vine yo, y te despertaste, y los cielos florecieron con su luz.
Con larga barba blanca, ampulosa vestimenta, porte altivo y modales aristocráticos, heredados de una familia principesca, Tagore parecía inabordable a pesar de su dulzura y mansedumbre. A primera vista, la mirada convencional de Occidente lo percibía como un pasivo místico oriental, pero fue un activista polifacético: filósofo, reformador social, músico y prolífico escritor en distintos géneros: unos mil poemas, más de dos mil canciones, multitud de cuentos, novelas, cartas, obras de teatro y ensayos. Dedicado finalmente a la pintura y la pedagogía, fundó con sus propios medios económicos el centro educativo experimental de Santiniketan, una “morada de paz” y meditación, que terminó por convertirse en Universidad. También instituyó una organización cultural de protección a la mujer, desde donde combatió ciertas costumbres atávicas de la India, como los matrimonios infantiles, la condena de las viudas al ostracismo o a la quema y la intocabilidad de la casta inferior. Por otra parte, su actitud silenciosa y reposada no le impidió recorrermedio mundo derrochando su palabra y su magnetismo personal. Y así, logró la incorporación definitiva a la cultura hispana gracias al interés que despertó en Victoria Ocampo, la literata argentina que, transcurrido el tiempo, crearía la influyente revista Sur. Fue cuando Tagore llegó a Buenos Aires de paso hacia Perú, se encontró enfermo y no pudo continuar el viaje. Ella, que conocía su poemario Gitanjali y había intentado difundirlo, lo cobijó durante dos meses en Miralrío, la quinta de su prima, no muy lejos de la villa familiar de San Isidro. A pesar de su notable diferencia de edad –casi treinta años mediaban entre ellos– tuvieron una profunda y duradera relación afectiva, reflejada en la amplia obra escrita por ambos. Después del encuentro, Tagore publicó Purabi (“el Este en género femenino”), un libro sobre el amor, donde aparecen varios poemas dedicados a Victoria:

Parece que una vez ella fue mi estrella de la mañana,
que estaba detrás de la niebla de mi atardecer de hoy.
Navegó sin ser vista a través de las densas horas del día
para encontrarme al borde de la noche.
En la mañana sus canciones conmovieron mi sangre
con la atracción del camino.
En la tarde su silencio me habla
de lo que no conozco…

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La proyección internacional le llegó a Tagore después de alcanzar la fama en su propio país, donde era admirado como un líder intelectual, a quien Mahatma Gandhi llamó “el gran centinela de la India”. Su contacto con el exterior se produjo al realizar estudios en Inglaterra y le sirvió para descubrir el desprecio del colonialismo ante su cultura, considerada salvaje y primitiva. Esto lo llevó a cuestionar la idea de civilización procedente de una Europa en la que el capitalismo industrial campaba a sus anchas y contrastar la espiritualidad de la India con el materialismo occidental. A resultas de aquel encontronazo, durante su primera etapa literaria el poeta se esforzó por rescatar y enaltecer las costumbres así como los valores artísticos, filosóficos o religiosos de su pueblo, destacando sus aportaciones a la historia mundial en una línea crítica que tiene puntos en común con la recuperación de España realizada por la Generación del 98. De hecho, Tagore dio impulso a un movimiento cultural de finales del siglo XIX conocido hoy con el nombre de “Renacimiento hindú”. No obstante, pronto se distanció del nacionalismo indio porque implicaba “la construcción de una nación según el modelo europeo”. El Estado Nación era para él “una maquinaria de comercio y de política que produce fardos de humanidad pulcramente comprimidos” y, por eso, trató de superar dicha parcelación de la espiritualidad colectiva –similar a la del ego en el plano individual-, adhiriendo a un cosmopolitismo “asiático”, es decir, contrario al materialismo. Paradójicamente, fueron dos países de su propio continente (China y Japón) los que se opusieron con mayor beligerancia a tales ideas. Es cierto que, a pesar de semejantes convicciones, aceptó el premio Nobel y el título de caballero del imperio británico, si bien, tras la masacre de Jallianwala Bagh, devolvió la última condecoración en señal de protesta. En cambio, compartió con Gandhi la llamada a la no violencia sin llegar a embarcarse en el proceso independentista, porque -según dijo- “no hay más que una historia: la del hombre, y todas las historias nacionales no son sino capítulos de la mayor”. En contra de su declaración o quizás incluso a favor de ella, dos de sus canciones se convirtieron en los himnos nacionales de Bangladesh e India.
La rehabilitación de las tradiciones vernáculas no le impidió crear formas literarias y estilos musicales originales hasta inducir una auténtica renovación. Hoy se recuerdan sus peculiares composiciones como clásicos dentro de la música bengalí y el estilo inventado por él se denomina “Rabindra” en su honor. El trasfondo de su poesía, en cambio, enraíza en el hinduismo de sus ancestros, cribado con una auténtica veneración por la naturaleza y la recuperación de la cotidianidad campesina. Sin duda, el tema central de su obra se encuentra en el amor, porque –para Tagore– éste “es el significado ultimado de todo lo que nos rodea; no, un simple sentimiento, sino la verdad, la alegría que está en el origen de toda creación”. Se trata de un amor sencillo y generoso, exento de dobleces o exigencias, centrado en la pura actualidad de la acción que se goza a sí misma y lo inunda todo impulsando cualquier acto creador:
No hay misterio en este amor más allá del presente
ni anhelo de alcanzar lo imposible
ni sombras tras el encanto
ni hay búsquedas en el abismo en la penumbra.
Este amor entre tú y yo
es tan simple como una canción.
Las palabras no nos sumen en el silencio eterno,
no elevamos las manos al vacío por cosas
que están más allá de la esperanza.
Únicamente dar y recibir…
Hemos estrujado la alegría al máximo
para extraerle el vino del dolor…
Este amor entre tú y yo
es tan simple como una canción.
Un amor, construido desde la humildad de quien trasciende su propio yo para admitir al otro de corazón, con sus virtudes y sus defectos, sin juzgar ni intentar cambiarlo, dejándolo ser tal como es. De ahí que no busque impresionar ni apabullar y privilegie las virtudes del silencio, la contemplación, la escucha, el acogimiento e, incluso, la timidez, en una erótica sublimada, donde lo espiritual se vivencia en continuidad con lo corporal:
No guardes sólo para ti el secreto de tu corazón,
amiga mía, dímelo, sólo a mí, en secreto.
Susúrrame tu secreto, tú que tienes unas sonrisa tan dulce;
mis oídos no lo oirán, sólo mi corazón.
La noche es profunda, la casa está silenciosa,
los nidos de los pájaros están envueltos por el sueño.
A través de tus lágrimas vacilantes,
a través de tus temerosas sonrisa,
a través de tu dulce vergüenza y tu tristeza,
dime el secreto de tu corazón.
Debido a su falta de imposiciones, este amor gratuito, que relativiza y consiente, permite descubrir el lugar cósmico de cada uno, resultando liberador:
El hombre en su esencia no debe ser esclavo, ni de sí mismo, ni de los otros, sino un amante. Su único fin está en el amor.
Por eso, sólo puede darse en situación de paridad, entre seres igualmente libres:
Tienen sed de amor, pero no pueden volar ala con ala.
Se miran a través de los barrotes de la jaula, pero su deseo es inútil.
Aletean y cantan: ‘Acércate más, amor mío’.
El pájaro libre grita: ‘No puedo, las puertas cerradas de tu jaula me dan
miedo’.
‘Ay, dice el cautivo, mis alas no tienen fuerza, han muerto’.

Llama eterna para Raúl Gómez Jattin
Descripción: jose_luis_diazgranados


Por José Luis Díaz-Granados*

 
Vuelvo los ojos treinta años atrás y en un relámpago de tiempo veo a Raúl Gómez Jattín muy joven — todos teníamos 20 años — con los ojos árabes, la sonrisa radiante y un bigote de espadachín, con dos o tres tratados de derecho bajo el ala.
 Era entonces actor y abogado en cierne el futuro cantor de los amaneceres del Sinú. Nos reuníamos casi a diario con Álvaro Miranda, Augusto Pinilla y Juan Gustavo Cobo Borda, entre otros, en la cafetería del Externado de Colombia en el barrio Santa Fe, a conversar de lo divino y lo humano, especialmente de Gabo, del “boom” de la novela latinoamericana, de Belle de Jour y de la belleza glacial de Catherine Denueve, del Che, de Angola y Los Beatles.
 Raúl era el primer actor del grupo de teatro del Externado y preparaba una encarnación escénica del mundo fabuloso de Macondo, bajo la dirección de Carlos José Reyes. En octubre de 1967 se abrió el telón del Teatro Colón, al que no le cabía un alma y apareció el exuberante árabe-costeño en el papel de Aureliano Buendía junto a Tania Mendoza como la Mamá Grande, César Amaya como Aurelio Escovar, dentista sin título y Rafael Araújo Gámez como el alcalde del pueblo. Al final fue la apoteosis: Gabo floreció en un palco aplaudiendo entre tímido y entusiasmado.
 En la casa de los padres de Carlos José Reyes festejamos hasta el amanecer. El centro de atención se lo disputaban el fabulista de Macondo y Raúl, siempre feliz, con el atuendo de los hombres libres.
 Los años siguientes los dedicó Gómez Jattin a exorcizar su febril sensibilidad a través de la palabra. Embriagado de luces y hechizos escribió versos duros, sencillos, soberbios. Caminó por la vida dejando huellas de fuego. En algún momento se sintió expulsado del Paraíso y fue al mismo tiempo Nerval, “Lelián” y Artaud. Amó su Caribe fluvial y marítimo hasta el flagelo. De ello son testigos de excepción Carlos Villalba Bustillo y Edgar Rey Sinning.
 Delirante, incisivo, tierno, pirómano, nudista, escribió varios libros que lo consagraron en vida: Poesía, Retratos,Tríptico cereteano. En uno de ellos, dijo:
 
Los habitantes de la aldea / dicen que soy un hombre / despreciable y peligroso…/ Eso ha hecho de mí / la poesía y el amor. / Señores habitantes / Tranquilos / que sólo a mí / suelo hacer daño...
 
Lo vi en La Habana hace dos años absolutamente radiante. Abrió tremendos ojos, sonrió con el alma y abrió sus alas cálidas cuando me descubrió entre el montón de viajeros que se dirigía a Bogotá. Parecía un hombre completamente nuevo. Pero no. Su enfermedad de genio era incurable, diría Javier Arias. Hace dos días seguramente se acordó de Atila Joszef y alunizó bajo las ruedas de una máquina azul. Ya antes había escrito con patético rigor:
 
En este cuerpo / en el cual la vida ya anochece / Vivo yo.


 (TODAMOR  DE CONFABULACION, REVISTA DE CIRCULACIÒN VIERTUAL. )