9/12/2014

Eunice Odio: El ágata de fuego Por Raúl Henao


Sorprende que la poeta costarricense  Eunice Odio (San José 1919-México ,1974 ) señalada por del poeta chileno Humberto Díaz Casanueva como “uno de los más puros, más trascendentales talentos poéticos de mujer de la América Latina” y su libro, El Tránsito de Fuego, como “una de las obras poéticas más vastas de América, una enciclopedia de hechicería lúcida”  Sea, al momento presente, tan patéticamente desconocida en el ámbito latinoamericano como lo fuera en vida.

Otras poetas, en sus comienzos  desconocidas y poco leídas en sus respectivos países,como Olga Orozco, Alejandra Pizarnik ,Marosa di Giorgio o Blanca Varela, han ido ganando lentamente  el favor de los  lectores de poesía  y su obra circula actualmente  en México, Argentina, Perú o Venezuela…pero que sepamos, Eunice en el lapso de tiempo transcurrido desde su muerte, hace exactamente 37 años, sólo cuenta con una  reediciónde su obra completa, que no corresponde a la importancia y el fervor rayano  en el culto,  que goza entre una elite escogida y difícil, que no ignora que la poetisa costarricense encarna,  a  la par quizás de Sor Juana Inés de la Cruz, el modelo o arquetipo mágico-religioso de verdadera MUSA o poetisa inspirada, de la que nos habla Robert Graves en su estudio monumental sobre el mito poético:
“La mujer que se interesa por la poesía debería en mi opinión ser una Musa silenciosa e inspirar a los poetas con su presencia femenina (…) o bien debería ser la Musa en un sentido completo: debería ser por turnos Arianrhod, Blodeuwedd  y la vieja cerda de Manawr que devora a sus lechones y debería escribir, en cada uno de esos aspectos, con autoridad antigua. Debería ser la luna visible, imparcial, amorosa, severa y juiciosa”  (La Diosa Blanca. Editorial Losada. Buenos Aires, Página 580)

En  un documento excepcional sobre su vida titulado Eunice Odio/Antología que aparte de su poesía  incluye una selección –expurgada es cierto- de la “correspondencia” que la escritora sostuviera desde México con el poeta venezolano Juan Liscano, autor y  editor  del libro; se transparenta de manera explícita su “alta calidad estética y humana” (Pedro Guillén) su “ser amoroso”(José León Sánchez, su ”ternura ilimitada” (Otto Raúl González) su extrañeza y singularidad que la distingue entre otras muchas poetas de lengua española “Eunice no era de este mundo”(Juan Bañuelos)…Hasta el punto de merecer el dictamen siguiente de uno de los poetas actuales más importantes de su país de origen:
“Su obra pertenece desde siempre a nuestra cultura por derecho propio. Por vocación creativa sus poemas, cuentos, ensayos son patrimonio estimable de nuestra literatura. De allí venimos quienes pergeñamos un poema o escribimos un texto. Son parte fundamental de  nuestra historia literaria aunque no se conozcan o no se critiquen o no se lean en nuestras universidades y colegios” (Alfonso Chase, Nuestra Eunice, Territorio del alba y otros poemas. Página 247)

Pero aunque en la publicación  antológica atrás mencionada, que incluye poemas de su primer libro Los Elementos Terrestres (Premio Centroamericano de Poesía.Guatemala,1947) de Territorio del alba, de El Tránsito de Fuego y la correspondencia con Liscano, puede corroborarse la atmósfera supernaturalista que rodeaba su vida cotidiana,  también se hace  evidente su extrema pobreza material, la soledad abrumadora a la que la redujera su temperamento soberbio e independiente, ajeno al oportunismo arribista, que suele caracterizar a los círculos intelectuales latinoamericanos; a su “apartamiento absoluto” de la política de izquierda en la que había militado en su juventud durante su estadía en El salvador, Guatemala y México, ahora subordinada a los intereses pro-soviéticos del estalinismo internacional, y del movimiento feminista que sólo busca la igualdad laboral y política con el hombre, cuando ella reivindicaba la “diferencia” de asumirse como mujer total, consciente de la importancia que esto reviste en el contexto de una cultura tradicional o ancestral.

Su obra misma, que se inicia  como un cántico erótico-espiritual, cercano al Cantar  de los Cantares salomónico o al Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz, donde se celebra por igual el cuerpo y el espíritu en un sentido que rebasa la concepción dualista judeocristinana occidental, toma en la madurez un rumbo polifónico y dramático que nos recuerda el elevado lirismo del teatro griego antiguo, o los dramas poético- metafísicos de T.S. Eliot o Paul Claudel…A la par que conjuga en sus metáforas e imágenes poéticas la revelación y la invención surrealista y creacionista, lo que en ocasiones la vuelve difícil para la generalidad de los lectores modernos, incapaces de seguirla en ese camino trazado por el ejercicio de lo que ella llamara “el intelecto activo” aquel que reviste la agudeza de un cuchillo o el filo de una navaja y  donde “la abstracción” - al decir de Humberto Díaz Casanueva-  “no se resuelven en  formulaciones intelectuales sino en prefiguraciones míticas”.

Hay en ella, por otra parte, la afinidad electiva de adentrarse en aquellos senderos perdidos en el emblemático “bosque de símbolos” del que nos hablara Baudelaire y que la emparenta con poetas como Blake, Novalis, Nerval, Rimbaud, Yeats, Breton, Lubicz Milosz o Pessoa, que a menudo transitan las vías de lo oculto o esotérico. Pero no será el vínculo que la relaciona con la “doctrina secreta” de la enigmática Madame Blavatsky lo que la separe de los lectores modernos,  sino la naturaleza auroral, resplandeciente  (o resplandiciente, al decir de ella misma) luminosa,  angélica de su obra poética… más cercana a la experiencia del nacimiento  (¿de una nueva era o edad de oro?) que de la muerte y la decadencia que se  avisora en todo el ámbito de la cultura global  actual.  

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